“Necesitas el dolor para vivir
si eres feliz te rompes un poco
te desorientas, no te reconoces
así que buscas una vez más
algo para quejarte
y demostrarte tu verdadera esencia:
la pena.”— Fragmento, Mada Alderete Vicent
Hoy desperté siendo una persona diferente. Sé muy bien que la metamorfosis no ocurrió de la noche a la mañana como hubiera querido Kafka -aunque si por él fuera también habría despertado con antenas o un par de ojos gigantes-. A mí me costó un poco más de esfuerzo, algo más que sólo soñar que me convertía en mariposa al día siguiente y que sin temor a equivocarme me levantaría con el ala derecha.
Contar cómo llegué hasta aquí, cómo me convertí en lo que antes no era, es una historia que está demás, sobre todo porque no recuerdo los caminos ni las decisiones que tomé para estar en donde estoy, no me acuerdo de muchas promesas que rompí ni de las ilusiones que fueron construidas y después destruidas sin chistar.
Pero me acuerdo perfecto de otras cosas, como las cosas que no hice, las palabras que no dije, los enojos que reprimí por miedo a ser juzgada, las lágrimas que no lloré por temor a ser débil, el amor que no entregué por terror a lastimarme, las personas que dejé escapar por orgullo, las personas que conservé a mi lado por prejuicio -sí, leí a Jane Austen-, las cartas que se perdieron en el camino, los poemas de Borges, pero lo que más recuerdo son los errores que he cometido.
Recapitulo uno a uno los tropezones que he dado, las cicatrices y moretones que tengo en el alma y no puedo perdonármelos, porque me he dado cuenta que todo el dolor que he sentido, siento y puedo llegar a sentir me lo he causado yo misma sin intervención de nadie, y que si bien es cierto que en mi vida ha habido verdugos crueles, ninguno ha tenido la capacidad necesaria como para herirme en lo profundo, más allá de un raspón que sana a los tres días sin dejar huella.
Ya no me culpo por nada, he aprendido que esas malas decisiones, experiencias desagradables, no trascienden más allá de una pequeña tragedia que ni siquiera tiene la extensión suficiente como para convertirse en un haikú dolorosamente escrito, y que puedo guardarlas en la memoria como fe de erratas si quiero, nada más para tener un referente en el futuro.
Hoy sé que soy una persona más madura, capaz de aceptar responsabilidades sin culpar a otros. Yo decido la fuente de mi felicidad, la duración de mi tristeza, la permanencia del amor, la fugacidad del sufrimiento, pero sobre todo: yo decido el rumbo de mi vida. Hoy ya no soy esa mártir que solía quejarse del mundo, ya no quiero ser la falsa incomprendida, la amante secreta del Ciorán ermitaño, ya no quiero cultivar certezas en el aire, ni ser la inteligente rodeada de ignorantes. Sé que la metamorfosis es más dolorosa de lo que pudo imaginar Kafka, hoy no soy mosca, escarabajo ni mariposa, sólo soy yo tratando de ser yo pero de una forma más consciente. Hoy desperté siendo una persona diferente…



